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| La fiesta inolvidable |
-¡Yo no me perdía las fiestas de
la promoción! – Decía Fer – ¡Eran un vacilón!, sobre todo cuando estábamos
en apuros, tanta era la desesperación que hacíamos tonterías.
-¡Ja ja!- todos reíamos, incluso
él, aplaudiendo, festejando la ocurrencia,
Por un momento me abstraje y recordé que iba a fiestas en busca de una ilusión: ¡Una chica!, la que todos anhelaban, una niña de ojos verdes, pelo lacio, castaño con una figura esbelta que lucía cuando bailaba. Su apelativo “la chapadora”, ¿Por qué? En cada fiesta tenía un chico distinto al que terminaba besando. Yo anhelaba tener una oportunidad, estar entre esa lista de muchachos, desde aquella vez que la saludé y ella me sonrió, no cesó mi búsqueda.
Me obsesioné por esas fiestas, allá por el año 1978, iba a lugares donde se escuchaba rock, a todo volumen, apenas si se podía hablar o ver bien, a causa de luces moradas y tenues con ambientes llenos de humo, que escondían a muchachos con cabellera larga; era “el tiempo de los hippies”, preparando cigarrillos, embelesados con el sabor de la marihuana. En el centro estaba yo, bailando con mucha gente, saltando, gritando, contoneándonos con niñas de nuestra edad, pero nada me interesaba, porque buscaba a ella, la de los jeans apretados.
Me obsesioné por esas fiestas, allá por el año 1978, iba a lugares donde se escuchaba rock, a todo volumen, apenas si se podía hablar o ver bien, a causa de luces moradas y tenues con ambientes llenos de humo, que escondían a muchachos con cabellera larga; era “el tiempo de los hippies”, preparando cigarrillos, embelesados con el sabor de la marihuana. En el centro estaba yo, bailando con mucha gente, saltando, gritando, contoneándonos con niñas de nuestra edad, pero nada me interesaba, porque buscaba a ella, la de los jeans apretados.
-¡Ja ja!- Eda carcajeó, sacándome
de mi abstracción
- ¿Recuerdan cuando se acabó el agua?- se tapó la boca, indicándonos que no debería hablar.
- ¿Recuerdan cuando se acabó el agua?- se tapó la boca, indicándonos que no debería hablar.
-Sí – dijeron todos – JR, Fer,
Silvia, Margarita todos sonreían,
incluso el poeta que escuchaba atento todo.
-¡Entramos al baño y sacamos el agua
del tanque para hacer refresco!- reía Eda.
-¡Ja ja ja!- se escuchó en todo el
ambiente
-Teníamos que salir de ese apuro
y no había otra- dijo JR, muy resuelto.
-¡No recuerdo nada! –dije,
desconsolado.
-¡Qué vas a recordar! – Dijo JR – ¡si
nunca ibas!
¡Era cierto!, lo miré, sólo
sonreí y recordé por qué. Aquella noche del 78, era la indicada, todo listo para
mi fiesta inolvidable, salí bien cambiado, perfumado y con mucha glostora en el
cabello, hasta que en mitad de camino una
“batida policial”, interrumpió mi camino, me subieron a un bus porta tropa y por tres
horas estuve paseando por las calles, observando como recogían a todos los
malandrines del barrio. A las 2:30 de la mañana llegué al cuartel Barbones.
Apenas bajé, el guardia de la puerta que inspeccionaba, me miró de pies a cabeza
¿Y tú qué edad tienes?- me dijo
asombrado
-14 – le dije tímidamente
-¡Ja ja! – Empezó a reírse -¡Oye Martínez!
¿Para qué traes niños?
El policía me miró, se rascó la
cabeza y dijo: “¡Que se vaya, no podemos retenerlo aquí!”.
En unos minutos estuve en la
calle, corriendo desesperadamente por las peligrosas calles de Barrios altos.
No podía detenerme, había prometido llegar temprano y si fallaba no me creerían
otra vez. Aparecí en casa, cerca de las
3 de la mañana. Mi padre enfurecido, me castigó obligándome a prometer que jamás saldría otra vez y así lo
hice.
No tuve la suerte de Silvia con
su mamá, que la comprendió o la de algunos amigos, que sí podían salir. Tardé mucho en comprender
porque tan severo el castigo. "¡Quizás es el karma!", me dijo Silvia una vez, aunque no creo en esas cosas, intuí que era mi destino, pero algo que sí recuerdo eran los ojos de mi
padre, no había ira, había miedo, miedo de que algo funesto me sucediera. Mi
aventura con las fiestas había acabado, junto a
la esperanza de descubrir lo que era robarle un beso a esa niña, a la
que jamás volví a ver y de la que aún guardo el recuerdo de esa sonrisa, que me obligó a hacer cosas inimaginables: “Mi niña chapadora”.
(continuará…)

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